Crónicas cinematográficas: del refugio lusitano a la memoria de Harlem
El panorama cinematográfico actual nos ofrece un fascinante contraste entre la búsqueda de la identidad personal a través de la ficción europea y el rescate de la memoria histórica mediante el documental estadounidense. Por un lado, la directora Avelina Prat regresa a las salas con una propuesta intimista que explora el azar y la geografía emocional, mientras que, en la industria norteamericana, el estudio Neon acaba de protagonizar uno de los movimientos más sonados del año al adquirir una joya documental perdida en el tiempo.
El regreso de Avelina Prat y la geografía del azar
Hace apenas tres años, Avelina Prat, quien cambió la arquitectura por la dirección de cine, sorprendió a la crítica con Vasil. En aquella ópera prima narraba el cruce de caminos entre un arquitecto jubilado y un inmigrante búlgaro experto en ajedrez. Ahora, la cineasta retoma algunos de esos intereses en su nuevo largometraje, Una quinta portuguesa, una cinta que profundiza en los giros inesperados de la vida y la predisposición a aceptar lo desconocido, ya sea abriendo la puerta al extranjero o convirtiéndose uno mismo en el forastero.
La trama nos sitúa ante la disolución silenciosa de una pareja. Sin previo aviso ni despedidas, Milena abandona España para regresar a su Serbia natal, dejando a Fernando —interpretado por un Manolo Solo en uno de los mejores papeles de su carrera— completamente descolocado. Fernando, profesor de geografía y amante de los mapas, se ve empujado a emprender un viaje sin rumbo fijo que lo lleva a la costa de Portugal fuera de temporada. Allí conoce a Manuel, un jardinero extremeño de espíritu libre que, tras confesarle su amor por el país luso, fallece repentinamente antes de que puedan compartir un café frente al mar.
Lejos de caer en el pesimismo o en la idea del gafe que parece perseguirle, Fernando se deja llevar por la inercia y su afición a las plantas para ocupar el lugar del difunto. Pone rumbo al norte lluvioso de Portugal, a la quinta que da título a la película, donde comienza una nueva etapa entre naranjos y la compañía de los habitantes de la finca: la heredera Amalia, interpretada por María de Medeiros, y la cocinera Rita. La película, aunque coquetea con cierta idealización melancólica y pintoresca de la vida rural portuguesa —incluyendo figuras entrañables y fantasmas del pasado—, logra convencer al espectador de que ese lugar es el paraíso inesperado que Fernando necesitaba. Prat demuestra su pericia al mantener el rumbo del protagonista a pesar de introducir intrigas tardías, consolidando la conexión de Fernando con ese paisaje y esos amables desconocidos.
Guerra de pujas en Sundance: el rescate de un tesoro de 1972
Mientras el cine español explora estos paisajes interiores, la industria internacional ha puesto sus ojos en un rescate histórico. Neon, el estudio detrás de éxitos como Parásitos y Anora, se ha alzado vencedor en una intensa guerra de pujas por los derechos en Estados Unidos del documental Once Upon a Time in Harlem. La compañía ha logrado superar las ofertas de gigantes como Netflix, Sony Pictures Classics y Mubi tras el aclamado estreno de la cinta en el Festival de Cine de Sundance de este año.
Este documental posee una historia de producción tan fascinante como su contenido. Concebido y filmado originalmente en 1972 por el fallecido William Greaves, el material ha sido restaurado y dirigido más de medio siglo después por su son, David Greaves. La película documenta una fiesta organizada por William Greaves con los titanes vivientes del Renacimiento de Harlem de aquella época. Durante cuatro horas, este grupo de escritores y artistas bebió, debatió y rememoró la revolución cultural que ayudaron a poner en marcha, discutiendo los cambios vividos en el barrio neoyorquino que llamaban hogar.
Un legado familiar y cinematográfico
La adquisición marca la segunda compra para el estudio indie tras hacerse con la cinta de terror Leviticus, y ya planean un estreno en salas para finales de año. El proyecto es el resultado de un meticuloso trabajo familiar: David Greaves, quien fue uno de los cámaras originales hace 50 años, utilizó las notas y copias de trabajo de su padre para dar forma a la nueva película. La producción corre a cargo de Liani Greaves, nieta de David, consolidando tres generaciones dedicadas a la obra.
No se puede obviar el papel fundamental de Louise Archambault Greaves, esposa y socia creativa de William durante 55 años, quien cofundó la productora en 1963. Tras la muerte de William en 2014 y hasta su propio fallecimiento en 2023, Louise trabajó incansablemente junto a la productora Anne de Mare para preservar y digitalizar más de 18.000 metros de metraje inédito en 16mm, una labor supervisada por el conservacionista Bill Brand. Gracias a este esfuerzo colectivo, lo que comenzó como una reunión de intelectuales en los años 70 llega hoy al público como un testimonio vital de la cultura afroamericana.









