De lo macabro clásico al terror viral: La evolución del éxito independiente
Para comprender el fenómeno actual del cine de terror independiente, es casi obligatorio echar la vista atrás hacia los clásicos que definieron el género con presupuestos ajustados y premisas delirantes. Un ejemplo paradigmático es Bitelchús, la obra de culto dirigida por Tim Burton y estrenada el 30 de marzo de 1988. La cinta nos planteaba un dilema sobrenatural con tintes cómicos: ¿qué opciones tiene una pareja de fantasmas cuando su preciada casa de Nueva Inglaterra es invadida por unos sofisticados y molestos neoyorquinos? La respuesta pasaba por contratar a un «bioexorcista» para aterrorizar a los intrusos hasta lograr su marcha.
Aquel personaje, una criatura de ultratumba tan repugnante como hilarante, capaz de transformarse en formas grotescas y devorar insectos, cimentó un estilo único. Con un presupuesto de 15 millones de dólares, la película logró recaudar más de 84 millones, demostrando que la mezcla de humor negro y terror visual tiene un público fiel. Sin embargo, décadas después, las reglas del juego han cambiado drásticamente y el relevo generacional no proviene de los grandes estudios, sino de las plataformas digitales.
Un triunfo insólito en taquilla
El pasado fin de semana fuimos testigos de una de las victorias comerciales más extrañas y significativas de los últimos tiempos. No nos referimos al documental Melania, producido por la ex primera dama, en el que Amazon habría invertido supuestamente 40 millones de dólares solo en derechos y otros 35 millones en marketing. El verdadero protagonista ha sido Iron Lung, un largometraje de ciencia ficción autofinanciado por Mark Fischbach, una figura adorada en YouTube conocida bajo el pseudónimo de Markiplier, quien cuenta con una legión de más de 38 millones de seguidores.
Esta adaptación de un videojuego de terror independiente contó con un presupuesto aproximado de 3 millones de dólares. Lo sorprendente es que la cinta ya ha recuperado esa inversión siete veces, alcanzando una recaudación mundial de 21,7 millones. El secreto para lograr proyectar este proyecto personal en la impresionante cifra de 3.000 salas de cine reside, según reveló el propio creador en el pódcast The Town de Matt Belloni, en su propia comunidad. Fischbach recurrió a su red de seguidores, muchos de los cuales trabajan en las propias salas de exhibición, para que intercedieran ante sus gerentes y avalaran el filme. Es, sin duda, uno de los frutos más dulces de años cultivando una relación directa con una audiencia a través de vídeos que, aunque mayoritariamente sobre videojuegos, trascienden el medio.
Sangre, inmersión y la Generación Z
Incluso para quien no se considere «gamer» ni consuma habitualmente contenido de YouTube, la propuesta resulta intrigante, especialmente para los amantes del uso artesanal de la sangre falsa. En este aspecto, Iron Lung no escatima recursos: se informa que la producción utilizó la friolera de 300.000 litros (80.000 galones) de líquido hemoglobínico. Atraído por esta premisa singular y el carácter autofinanciado del proyecto, asistí a una proyección nocturna un domingo gélido, esperando encontrar la sala vacía como suele ocurrir en las pequeñas ciudades universitarias.
Para mi asombro, la sala estaba repleta de asistentes, mayoritariamente de la Generación Z, que ya ocupaban sus butacas antes de finalizar los tráilers. La audiencia estalló en aplausos en cuanto el nombre de Markiplier apareció en pantalla y mantuvo una atención sepulcral durante las dos horas de metraje. La atmósfera palpable demostraba que el salto de la pantalla del ordenador a la del cine había sido un éxito rotundo.
El rapto silencioso
La trama se mantiene fiel a la narrativa del juego de 2022 creado por David Szymanski. La historia nos sitúa en un futuro lejano y desolador donde todas las estrellas y planetas habitables del universo se han desvanecido tras un evento cataclísmico denominado el «Rapto Silencioso». Los remanentes de la humanidad, aquellos que tuvieron la fortuna de encontrarse en estaciones espaciales durante el suceso, han hallado una luna cubierta por un océano de sangre. Ante la escasez crítica de recursos, deciden explorar estas profundidades, descubriendo en el abismo algo que podría ser tanto una fuente de esperanza como de terror absoluto.
Es aquí donde entra en juego Simon, el personaje interpretado por el propio Markiplier. Se trata de un convicto que ha participado, en contra de su voluntad, en un acto de terrorismo cuyas implicaciones políticas nunca se explican del todo. Vestido con harapos y luciendo una melena sucia y apocalíptica, Simon se convierte en el piloto necesario para esta última incursión desesperada, utilizando una tecnología que, aunque en declive, permite un último intento de exploración. La película, al igual que el juego, deja muchos puntos de la trama en una ambigüedad deliberada, confiando en la atmósfera y en la tensión para sostener una narrativa que confirma que el terror, ya sea en 1988 o en la actualidad, sigue siendo un género inagotable.









